Pragmata apuesta por una jugabilidad híbrida que combina disparos en tercera persona con un sistema de
hackeo en tiempo real que define por completo la experiencia. El combate mezcla acción directa con una capa estratégica basada en módulos de hackeo que se insertan automáticamente en los enemigos al apuntar. Esta mecánica es, sin duda, la más original del juego: obliga a analizar patrones, priorizar objetivos y gestionar recursos. Sin embargo, también presenta limitaciones claras. Los módulos se consumen y no pueden reactivarse en combate, lo que reduce la profundidad táctica y obliga a reservarlos para enemigos concretos. La imposibilidad de activar o desactivar componentes desde un menú rápido (algo que habría encajado perfectamente en un juego tan centrado en la tecnología) hace que la estrategia dependa más de la preparación previa que de la improvisación durante el combate.

El arsenal de Hugh sigue una filosofía similar: hay varias armas, pero solo una tiene munición infinita, lo que provoca que el jugador la utilice en la mayoría de situaciones, incluso contra enemigos fuertes. Las armas especiales son potentes, pero su uso está tan limitado que se convierten en herramientas puntuales más que en parte activa del combate. Esto reduce la variedad y hace que la experiencia dependa demasiado del hackeo, que a pesar de recibir nuevas funciones a lo largo de la aventura, termina repitiéndose con frecuencia. Los enemigos, además, tienden a compartir patrones similares, lo que refuerza esa sensación de repetición en los enfrentamientos más largos.
La estructura del juego es completamente lineal, con zonas algo más amplias que permiten explorar para conseguir el 100% del contenido, pero sin áreas abiertas ni rutas alternativas. La exploración es sencilla y directa, apoyada por la habilidad de
Diana para escanear el entorno y revelar cofres y objetos ocultos. Aunque funciona bien, también reduce el componente de descubrimiento, ya que prácticamente todo queda marcado en pantalla. Las secciones de plataformas son escasas y muy básicas, y los puzles brillan por su ausencia: el hackeo se utiliza exclusivamente en combate, no como herramienta ambiental, lo que limita su potencial y deja la exploración en un segundo plano.

El control del protagonista es uno de los puntos más discutibles del juego. Hugh se siente pesado, con una movilidad limitada y una animación de recuperación excesivamente lenta cuando recibe un golpe fuerte, llegando a tardar varios segundos en levantarse. Esto afecta al ritmo del combate y puede resultar frustrante en encuentros con múltiples enemigos. Aun así, el ritmo general del juego es muy bueno: no hay altibajos importantes y la progresión es constante, aunque la fase final recurre al clásico recurso de encadenar hordas de enemigos para alargar la duración, algo que se siente artificial y que contrasta con el diseño más elegante del resto de la aventura. A pesar de estos problemas, Pragmata ofrece una jugabilidad sólida, original y con personalidad propia, aunque con margen claro de mejora en profundidad táctica y variedad.